El Estrés Crónico: Cómo la Amígdala y el Cortisol Afectan Nuestra Salud
Los primeros hombres de hace 50,000 años vivían expuestos a muchos peligros y el cerebro desarrolló un mecanismo de afrontamiento para que la especie pueda sobrevivir. En una situación de amenaza, el cuerpo necesita reaccionar de manera eficaz e inmediata para responder con una reacción de “huida o lucha”; el organismo se pone en alerta y el proceso se inicia en una zona de nuestro cerebro que se llama AMÍGDALA, que tiene forma de una almendra y forma parte del sistema límbico, que es como nuestro cerebro emocional.
La amenaza es detectada y procesada rápidamente para dar respuesta, pero lo particular es que esta pequeña almendra en nuestro cerebro no sabe diferenciar si la amenaza es real o es imaginaria; las señales son enviadas y lo que sigue es una serie de sintomatologías reales y en la misma intensidad, sin importar si el peligro existe realmente o no.
Se activa el Sistema Nervioso Simpático, lo que hace que el Hipotálamo envíe mensajes a las glándulas suprarrenales para que se generen dos hormonas: la adrenalina y el cortisol, y así el cuerpo reaccione para ponerse a buen recaudo… ¿de qué? Pues muchas veces de algo que no está sucediendo.
Síntomas en estado de alerta
Entre los síntomas que se experimentan en un estado de alerta están:
- Taquicardia: El corazón late más rápido para llevar sangre a los tejidos de los músculos y del cerebro, poder luchar o correr.
- Taquipnea: Es la necesidad de aumentar la captación del oxígeno.
- Presión arterial: Los vasos sanguíneos se contraen para redirigir la sangre a los músculos principales.
- Contracción muscular: Los músculos se tensan preparándose para un movimiento rápido, pero nos hace experimentar temblores y rigidez.
- Hígado: Libera glucosa y moviliza las grasas para proporcionar energía.
- Digestión: Se detiene porque la sangre se desvía del sistema digestivo y se puede tener una sensación de “mariposas en el estómago” o de náuseas.
- Sudoración: Aumenta para regular la temperatura en el cuerpo.
- El hipocampo: Se afecta la zona de almacenamiento de recuerdos y es por eso que a veces no podemos recordar episodios de momentos estresantes.
- La corteza prefrontal: La persona deja de razonar y es incapaz de controlar sus impulsos.
- Cortisol: Mantiene el cuerpo en un estado de alerta y movilización de energía prolongada, hace que los niveles de glucosa en la sangre se mantengan elevados y tiene efectos antiinflamatorios a corto plazo… repito, a corto plazo, siempre y cuando el ciclo del cortisol se mantiene dentro de la normalidad.
El Secuestro de la Amígdala
Pero, ¿qué sucede cuando constantemente vivimos en un estado de alerta y pasamos todo el tiempo intentando protegernos de una situación fantasiosa? Sucede algo que se llama “el secuestro de la amígdala”.
Este es un concepto que lo planteó Daniel Goleman en su libro Inteligencia Emocional y se refería al hecho de actuar bajo emociones, específicamente el miedo y la ira, y son capaces de nublar nuestra corteza prefrontal, que es la encargada de razonar y tomar decisiones, pues ahora todas nuestras respuestas son de índole impulsivas y sin capacidad de notar las consecuencias.
El secuestro de la Amígdala quiere decir que ante cualquier estímulo estresor, es la amígdala quien responde más rápido que nuestra corteza prefrontal y lo hace con una reacción emocional tan intensa que hace que la respuesta sea desproporcionada o hasta irracional; y es por esto que nuestras reacciones son más impulsivas. Las respuestas fisiológicas son más intensas, tenemos una visión de túnel donde nos cuesta ver la situación desde un ángulo más racional y mucho menos podemos tomar decisiones adecuadas.
La intoxicación de Cortisol
Con todo este proceso, nuestro organismo está generando mucho cortisol y es por la consecuencia de vivir en estados de alerta mantenidos por largo tiempo.
Tenemos que tener presente que la hormona cortisol tiene un efecto cíclico: por las noches es baja para que nos permita conciliar el sueño, a lo largo de la madrugada sube y llega a su pico más alto a la hora que regularmente nos despertamos en la mañana, y esto es para poder llenarnos de energía y responder a todas las situaciones que se presentan en el día a día. Pero luego la producción de esta sustancia va bajando para, otra vez, volver a descansar.
Cuando tenemos un subidón de cortisol, tarda aproximadamente 5 horas en retirarse del cuerpo. Entonces, basado en esta premisa, si pasamos segregando esta sustancia porque vivimos en constante amenaza y estrés, nos estamos intoxicando de cortisol.
Muchas de las preocupaciones con las que vivimos son imaginarias, está demostrado que más del 90% de lo que nos preocupa NO SUCEDE. Pero nuestro cuerpo lo siente, nuestro organismo intenta sobrevivir a eso; la circulación se altera y por eso perdemos cabello, la piel envejece, sentimos una opresión constante en el pecho, nuestros músculos están completamente tensados y listos para la batalla, se altera el funcionamiento de las hormonas (estrógenos, progesterona, testosterona) y lo más importante es que se altera y se modifica nuestro sistema inmunológico.
Cuando el cortisol funciona de manera correcta, es decir, aparece cuando es necesario y se retira porque ya no hay peligro, este actúa como un antiinflamatorio natural. Pero cuando se vive en un estado de estrés crónico, esta sustancia transforma su función a un efecto inmunosupresor, quiere decir que se disocia el cortisol, la inflamación y el cuerpo. Esto se traduce a que el sistema inmunológico ya no funciona como protector, sino que empieza a enfermar el organismo y nos inflamamos a todo nivel: gastritis, amigdalitis, gastroenteritis, dermatitis, colon irritable, etc., y sobre todo que reduce la capacidad del organismo para detectar y eliminar células anormales que puedan desarrollar algún tipo de cáncer.
Hay estudios también que señalan que las hormonas del estrés alteran los mecanismos de reparación y generan daño en el ADN de las células. Es importante mencionar que el estrés por sí solo no causa cáncer directamente, pero el estrés crónico y los niveles elevados de cortisol pueden crear un ambiente biológico que favorece el desarrollo y la progresión de la enfermedad.
En la amígdala, que es donde se gestiona la emoción y la angustia, tiene un canal de comunicación directo con el hipocampo, que es donde se almacenan nuestros recuerdos. Este canal comunicativo debe ser lo más sano posible.