Cultivando Paz
El Hilo Invisible: Cómo amamos a través de nuestras heridas de apego
Pareja

El Hilo Invisible: Cómo amamos a través de nuestras heridas de apego

Por Daniela Larrea

Cuando un individuo se desconecta de su propia vulnerabilidad y mundo afectivo, las relaciones dejan de ser un encuentro humano para convertirse en una herramienta de compensación. En esta dinámica, el otro es instrumentalizado como un objeto narcisista destinado a satisfacer carencias históricas.

Este fenómeno es especialmente crítico en la crianza: los padres, incapaces de procesar sus propios deseos frustrados, proyectan en sus hijos una misión reparadora. Así, la educación se transforma en una presión externa que obliga al hijo a cumplir la vida que el padre no pudo tener, anulando la identidad y la autonomía del niño en favor del ego parental.

Volviendo al tema de las parejas, actualmente las relaciones son mucho más fugaces que antes; el ser humano se resiste al vínculo y va buscando una nueva persona con la que no se friccione. La instrumentalización nos lleva a pensar de maneras tan superficiales al punto de mantener relaciones con la consigna de “hoy te quiero, mañana no sé”. Con esto quiero decir que hoy ya no existe el compromiso necesario para la construcción de una relación con la intención de que sea duradera y sólida.

La conexión es nuestra ventaja adaptativa. Al ser mamíferos de crianza prolongada, el vínculo no es una opción afectiva, sino el sistema operativo sobre el cual se construye nuestra salud física y mental. El aumento drástico de trastornos mentales durante la pandemia dejó una lección clara: el ser humano no es una unidad aislada, sino que forma parte de una red de vínculos. Al perder el contacto cara a cara, nuestro sistema nervioso se puso en modo alerta. Es así que quedó comprobado que la conexión íntima no es un pasatiempo social, sino un pilar de la salud pública y un imperativo de nuestra especie.

¿Por qué se dan los fracasos amorosos?

Las personas tienden a hacerse de una coraza con la que se protegen de un vínculo real, pues les asusta depositar en una pareja sus necesidades afectivas, emocionales y sexuales, porque de esa manera se sienten vulnerables.

El cerebro es predictivo; desde que nacemos y en base a nuestras experiencias, vamos generando esquemas de la realidad para sentir seguridad o tener cierto control sobre la vida. Somos el resultado biopsicosocial de todo lo que hemos vivido. Cuando nos vinculamos con alguien, es natural que proyectemos en esa persona aquello que nos faltó en algún momento de nuestras vidas. La huella traumática muchas veces se da, no solamente por algún evento traumático que nos haya sucedido, sino que muchas veces son las necesidades que no fueron cubiertas.

Cuando fuimos niños, no tuvimos la capacidad de poner en tela de juicio las acciones de nuestros padres. Por tanto, de niños, lo que más deseamos es que nos quieran y buscamos maneras de obtener amor. El niño nunca va a dudar de sus padres; si tiene carencia afectiva, va a dudar de sí mismo. Cuando los padres no saben dar un buen soporte emocional, el niño lo va guardando en su inconsciente mientras se va desarrollando, y cuando llega el momento de vincularse con otras personas, escoge de acuerdo a esas necesidades no cubiertas durante su desarrollo y proyecta en la pareja todos aquellos anhelos y carencias alojadas en su ser.

Una persona puede sentirse plena y feliz con su vida, hasta el momento que llega una pareja y de pronto siente mucha inestabilidad emocional, y es porque está empezando a conectar con emociones de carencias afectivas. Por eso hoy en día, con la idea del individualismo y la autonomía, está muy de moda la soledad, pero en realidad lo que viene a ser es un mecanismo de protección.

En este punto, es necesario entender que no todo lo que te despierta esa persona tiene que ver con esa persona. Esa persona solo es una proyección de muchas emociones que no fueron cubiertas en la etapa de la infancia. Por eso se dice que “la pareja es una escuela de crecimiento personal por excelencia”, porque el nivel de intimidad es tan grande que tiene la capacidad de ponernos en contacto con nuestras carencias afectivas inconscientes.

La inercia, la tendencia y el inconsciente siempre van a hacer que nos fijemos en personas que nos recuerdan a dinámicas que nos son muy familiares, aunque no las queramos. Y hay una parte de nuestro niño que lo que busca es: “quiero que esta vez sea diferente”.

En terapia lo que se busca es que nos reconciliemos con esa parte defensiva que en un momento de nuestras vidas nos ayudó a sobrevivir, pero cuando somos adultos se vuelven estrategias limitantes. Aprendamos a utilizar nuestro “yo observador” para apartarnos un poco cuando se está activando una herida de apego, y sólo observemos cómo nuestras emociones se están precipitando. De esta manera desarrollamos una parte sabia y neutra de nosotros para sanarnos, entendiendo que podemos poner nombre a esos mecanismos de defensa y podremos diferenciar qué me pertenece y me ayuda a ser mejor, y qué no me pertenece para soltarlo y dejar de sufrir.

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